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Y Rapunzel se cortó la melena

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Y Rapunzel se cortó la melena

Aunque se publicó un poco antes que El castell negre del senyor Bogròs (El castillo negro del señor Bogròs), en realidad Y Rapunzel se cortó la melena es la segunda novela que escribí.

La primera versión de esta novela es un cuento de ocho páginas titulado La huida de Rapunzel. ​Era un ejercicio que nos encargaron en un curso de literatura infantil. Fiel a mi incapacidad de escribir historias breves, desde el momento en que acabé de escribirlo decidí que sería mucho mejor si fuera una novela corta. ¡Sabía que podría ser mucho más divertida! Así que el mes siguiente me puse a trabajar.

Escribí un total de tres versiones. En este caso, debo admitir que el proceso fue bastante fácil. No dejé ninguna versión a medias, ni me quedé atascada en ningún momento ni me tiré de los pelos ningún día.

Afortunadamente, conseguir una editorial interesada fue bastante fácil. Envié la novela al concurso de literatura infantil de la editorial Edebé. No gané, pero la novela quedó finalista y a la editorial le interesó publicarla. Fue otro momento feliz.

Escribí el cuento La huida de Rapunzel el mes de julio del año 2008 y presenté la novela completa al concurso de Edebé en septiembre de este mismo año (fue un verano intenso). Se publicó en marzo del año 2010.

Desde un buen principio supe que quería que la novela fuera sencilla (que no simple) y, sobre todo, muy divertida.

Quiero dejar constancia de que, desde pequeña, los cuentos de hadas me han gustado mucho. Pero no puedo negar que siempre me ha molestado bastante que los personajes protagonistas femeninos tengan tendencia a ser taaaaaan rematadamente estúpidos y/o crean que son pobres mujeres indefensas que sólo pueden salvarse con la ayuda de un hombre. ¡NO ES VERDAD, TÚ!​

En fin, que mi intención al escribir Y Rapunzel se cortó la melena no era decir que los príncipes azules rescatadores no existen (¿quién soy yo para hacer tal afirmación?), sino que las mujeres se pueden salvar a sí mismas.

Para acabar, debo hacer una confesión: cuando acabé de escribir la novela, no sabía qué título ponerle. Después de darle tantas vueltas que me mareé, sólo se me ocurrió este (Y Rapunzel se cortó la melena). ​La verdad, no me gustaba demasiado. Hasta que, meses después, una familiar me dijo: "Me gusta mucho el título, es muy simbólico".

​¡Glups!

Sí, lo admito, hasta ese momento no me dí cuenta de todos los significados que tenía el título. Para mí era una frase que describía literalmente una acción de la historia y punto. Conclusión: detrás de una buena novela hay muchas horas de trabajo, pero es innegable que hay hallazgos que son pura chiripa.

La huida de Rapunzel​

Este es el cuento que dio origen a la novela Y Rapunzel se cortó la melena. Ocupaba ocho páginas.

La huida de Rapunzel

    Hace mucho, mucho tiempo, una mañana Rapunzel se levantó de la cama, se le enredó el pie en su melena quilométrica, se cayó de cabeza y su vida cambió para siempre. Porque mientras le crecía un chichón enorme en la frente, se dio cuenta que podía escapar en un abrir y cerrar de ojos de esa odiosa torre donde la había encerrado la Hechicera tantos años atrás.

    —¿​Cómo no se me había ocurrido antes? —se preguntó Rapunzel, sorprendida.

    Como en los cuentos siempre había leído que los príncipes ayudaban a las damiselas en apuros y se casaban con ellas, Rapunzel decidió ir a buscar a su Príncipe, porque seguro que pronto tendría problemas: la Hechicera no tardaría en descubrir que había huido y la perseguiría.


    Caminó por el bosque, y no tardó en llegar a la casa de la abuela de una antigua amiga. ¡No la veía desde que la habían encerrado en la torre! Miró por la ventana, para ver si había alguien en casa, y lo que vio no le gustó: ¡la abuela de su amiga se había transformado en un lobo! Pero un instante después descubrió a la pobre abuelita amordazada y maniatada en un rincón de la habitación. Rapunzel entró en la casa como un vendaval:

    —¡Caperucita! ¿No ves que esa no es tu abuelita? ¡Es un lobo feroz disfrazado!

   —¡Rapunzel, cuánto tiempo! ¿Ya te ha salvado tu Príncipe? —la saludó Caperucita, contenta de verla.

    —No, me he escapado y he decidido ir a buscarlo. ¿Sabes tú dónde puedo encontrarlo?

    Caperucita la miró asombrada:

    —¡No puedes hacer eso!

    —¿Por qué? —preguntó Rapunzel desconcertada.

    —Ellos nos encuentran y nos salvan a nosotras. ¡Está en los cuentos!

    El Lobo tosió, impaciente.

    —Chicas, ¿no queréis saber por qué tengo unos dientes tan grandes?

    —Sí, claro —respondió Caperucita alegremente.

    —¡PARA COMEROS MEJOR!

    El Lobo saltó de la cama.

    —¡Chilla como sólo sabemos hacerlo las chicas, Rapunzel, que pronto vendrá un hombretón a salvarnos! -dijo Caperucita, y se puso a chillar tan alto que incluso el Lobo se cayó de culo del susto. Pero en seguida volvió a acecharlas, dispuesto a zampárselas en dos bocados.

    Rapunzel esperaba que su Príncipe apareciera en cualquier momento, pero el Lobo cada vez estaba más cerca y allí no aparecía nadie. Así que Rapunzel agarró un tronco de la chimenea y atizó al Lobo, que cayó redondo al suelo. Justo después apareció un cazador que pretendía salvarlas.

    Caperucita, todavía consternada por haber descubierto que una damisela podía salvarse a sí misma, dio las gracias a Rapunzel y le regaló su capa roja:

    —No sé dónde puedes encontrar a tu Príncipe, pero si alguien te persigue, póntela: te hará invisible. ¡Buena suerte!


    Rapunzel prosiguió su camino por el bosque.

    —¡Te encontré! -chilló de repente una voz maligna. ¡Era la Hechicera!

    —¡Estoy en apuros otra vez, seguro que ahora mi Príncipe sí acude a salvarme! —se dijo Rapunzel.

    Se quedó quieta, esperando a su salvador. La Hechicera corría hacia ella, cada vez estaba más cerca y allí no aparecía nadie.

    —Parece que todavía no es el momento —se lamentó Rapunzel, así que se puso la capa y se volvió invisible.

    La Hechicera se detuvo en seco, ya no la podía ver por ningún lado.

—¡Quizá la capa de Caperucita te ha salvado ahora, niña, pero no lo hará eternamente! —gritó, y se fue echa una fiera.


    Aunque estaba un poco triste porque su Príncipe no había aparecido, Rapunzel siguió caminando, y pronto llegó a la cabaña de sus siete amigos mineros. Pero lo que allí encontró fue a una joven de piel muy blanca a punto de comerse una manzana que le ofrecía una vieja de aspecto muy sospechoso. Corrió hacia la joven y gritó:

    —¡Detente!

    —Mi nombre es Blancanieves. ¿Quién eres tú y qué haces por aquí? —preguntó la joven de blanca piel, sorprendida.

    —Soy Rapunzel, he escapado de la torre donde me había encerrado una Hechicera y estoy buscando a mi Príncipe. ¿Sabes tú dónde puedo encontrarlo?

    —¡No puedes hacer eso!

    —¿Por qué? -preguntó Rapunzel, aunque se imaginaba cuál sería la respuesta.

    —Ellos nos encuentran y nos salvan a nosotras. ¡Está en los cuentos!

    —Pues yo ya he tenido dos problemas y sigo esperando a que venga alguno a ayudarme —Rapunzel estaba muy triste.

    —Niña, ¿no piensas comerte la manzana? —preguntó la vieja de aspecto sospechoso, impaciente.

    —Sí, claro —respondió Blancanieves. Se llevó la manzana a la boca, pero Rapunzel la detuvo.

    —¡Espera! ¿Conoces a esta mujer?

    —La verdad es que no —admitió Blancanieves.

   —¿Acaso no te han enseñado que no debes comer nada que te ofrezca un desconocido? —la reprendió Rapunzel.

    —Pues no.

    —¡Pues ya te lo enseño yo! ¿Y si tiene malas intenciones?

    —Si voy a tener problemas, ¡ya aparecerá algún hombre que me salve! —respondió Blancanieves.

    A Rapunzel la vieja le daba muy mala espina, así que golpeó la manzana para evitar que Blancanieves la mordiera. La fruta cayó al suelo, y las tres mujeres vieron a un escarabajo acercarse, comer un bocado e inmediatamente desplomarse patas arriba. La vieja, al verse descubierta, huyó veloz como el rayo.

    Blancanieves, todavía consternada porque la había salvado una mujer y no un hombre, dio las gracias a Rapunzel y le entregó la manzana envenenada:

    —No sé dónde puedes encontrar a tu Príncipe, y esta manzana es lo único que puedo ofrecerte como muestra de agradecimiento. Seguro que en algún momento te será útil.


    Rapunzel siguió avanzando por el bosque, preocupada: ¿cuándo aparecería su Príncipe?

    —¡Te encontré otra vez! —gritó una voz maligna. Era la Hechicera, aunque esta vez llevaba puestas unas extrañas y enormes gafas.

    Rapunzel se quedó inmóvil, esperando que apareciera su Príncipe. Pero como la otra vez, la Hechicera cada vez estaba más cerca y allí no aparecía ningún Príncipe. Decepcionada, se puso la capa de Caperucita y se volvió invisible. La Hechicera soltó una carcajada malévola:

    —¿Para qué te crees que son estas gafas, Rapunzel? ¡Con ellas puedo verte aunque seas invisible!

    Aterrorizada, Rapunzel corrió. Pero la Hechicera, a pesar de tener más de cien años y estar arrugada como una pasa, corría como una liebre. ¡Estaba a punto de alcanzarla! Desesperada, a Rapunzel sólo se le ocurrió una idea: cogió la manzana de Blancanieves y la lanzó con fuerza a la frente de la Hechicera. ¡POM!, se escuchó, y la Hechicera cayó redonda al suelo.


    Como le había hecho tan buen servicio, Rapunzel recogió la manzana y huyó. Corrió y caminó, hasta el llegar al castillo donde ahora vivía otra antigua vecina. La encontró arrodillada en la entrada, fregando el suelo con cara de rabia.

    —¡Cenicienta, creía que ya habías dejado de ser criada! —exclamó Rapunzel, sorprendida.

    —¡Ay! Me he casado con un Príncipe, pero el Reino entró en una crisis económica y tuvimos que despedir a los criados. Hay que limpiar el castillo, ¡y yo soy la única mujer que queda aquí! —se lamentó Cenicienta—. ¿Y tú qué haces por aquí, Rapunzel?

    —He escapado de la torre donde me había encerrado la Hechicera y estoy buscando a mi Príncipe.

    —¡No puedes hacer eso!

    Rapunzel empezaba a estar harta del comentario. No preguntó por qué, porque ya sabía cuál sería la respuesta. Además, empezaba a dudar que la historia de los príncipes salvadores fuera cierta.

    —¿Dónde están tu marido y tu suegro? —preguntó para cambiar de tema.

    —Están cazando ciervos. Hace tres semanas que partieron, pero están tardando tanto que se me ha acabado la carne. ¿Qué voy a hacer, pobre de mí? ¡Necesito que mi marido me traiga comida!

    —¿Sabes qué, Cenicienta? Últimamente he descubierto que soy capaz de hacer más cosas de las que creía.

    Dicho y hecho, Rapunzel fue a buscar un arco y una flecha y estuvo practicando con ellos un buen rato. Cenicienta, sorprendida, no paraba de decir:

    —¿Pero qué haces? ¡Esto es cosa de hombres!

    Sin embargo, Rapunzel aprendió a disparar, ella solita. Después se adentró en el bosque, y en poco más de tres horas había cazado varios conejos y un jabalí de doscientos quilos.

    —¿Y sabes otra cosa? —añadió Rapunzel después de regresar de la cacería—. Estoy segura que si las mujeres somos capaces de hacer cosas de hombres, ellos también son capaces de hacer cosas de mujeres. ¿Por qué no vas a ayudar a cazar a tu marido y a tu suegro, y que después ellos te ayuden a limpiar?

    Cenicienta, todavía consternada porque había visto cazar a una mujer, entregó su mejor caballo a Rapunzel:

    —No sé dónde puedes encontrar a tu Príncipe, pero este caballo puede llevarte muy lejos. Eso sí, ten presente que lo encantó mi hada madrina, y entre las doce de la noche y las 8 de la mañana vuelve a transformarse en un ratón.


    Rapunzel montó en el caballo y salieron al galope. Nada más regresar al camino, apareció la Hechicera. Igual que antes, llevaba puestas las extrañas gafas, además de un casco.

    —¡Aquí estás! —gritó, y corrió detrás de Rapunzel.

    La pobre chica no se lo podía creer: ¡la Hechicera corría casi tanto como el caballo! Esta vez no se detuvo a ver si llegaba un príncipe salvador, sabía que no lo haría. La Hechicera la persiguió durante largas horas, a través de bosques, caminos y pueblos. Cada vez que Rapunzel miraba hacia atrás, ahí estaba su perseguidora, fresca como una rosa.

    —¿No se cansa nunca esta mujer? —se desesperó.

    —De repente, escuchó las campanadas de la iglesia de un pueblo cercano. ¡Eran las doce de la noche! ¡PUF! El caballo se convirtió en un ratón y Rapunzel cayó al suelo dando tumbos.

    —¡Ya eres mía! -gritó la Hechicera triunfal. La agarró, se la cargó al hombro como si fuera un saco de patatas e inició el camino de regreso a la torre.

    Rapunzel gritó, se revolvió, arañó y le mordió el trasero, pero la Hechicera también era fuerte como un gigante y no la soltó. Agotada, frustrada, triste y decepcionada, Rapunzel rompió a llorar desconsoladamente. No quería regresar a la torre, odiaba ese lugar y odiaba a la Hechicera. Deseó con toda su alma que los cuentos contaran la verdad.

    —¡Quiero que mi Príncipe me salve de una vez! —gritó enfadada.

    —Eso no va a pasar, jovencita —respondió la Hechicera.

    Tenía razón. Nadie acudió al rescate de Rapunzel. No le parecía justo: había salvado a Caperucita, había salvado a Blancanieves y había ayudado a Cenicienta. ¿Por qué nadie la socorría a ella? Rapunzel volvió a gritar, a revolverse, a arañar y a morder, pero sólo consiguió que la Hechicera le propinara una sonora colleja. Entonces encontró la respuesta: ¡Tenía que salvarse a sí misma, ya lo había estado haciendo hasta ahora! Pero, ¿cómo? La Hechicera era mucho más fuerte que ella, tenía que encontrar otra manera de enfrentarse a ella. Y Rapunzel se puso a pensar como no lo había hecho en su vida.


    El viaje de regreso a la torre duró una semana, así que tuvo tiempo de sobras para idear un plan.

    Los últimos días de viaje procuró portarse muy bien. Cuando por fin llegaron al pie de la torre, la Hechicera se sentó a descansar un momento. Rapunzel adoptó la expresión más inocente que supo y dijo:

    —Hechicera, he tenido tiempo de pensar y me he dado cuenta que el único lugar donde estaré segura es en esta torre. Te doy las gracias por traerme de vuelta.

    —Así me gusta, niña, que recapacites —respondió la Hechicera, halagada.

    —Debes estar hambrienta después del viaje. Come esta manzana, te sentará bien —y le entregó la manzana de Blancanieves, que todavía guardaba en su bolsillo.

    —Gracias —dijo la mujer, y se zampó la manzana de un solo bocado.

    Al instante su cara se puso azul y cayó al suelo, dormida en un profundo sueño del que sólo el beso de un Príncipe podría despertarla. Rapunzel sabía que la Hechicera dormiría eternamente.

    Rapunzel se alejó de la torre, en busca de nuevas aventuras. En cuanto a los Príncipes, si quería uno era evidente que tendría que ir a buscarlo ella misma.

FIN​