El día que descubrí que mi hijo no sabía que no se estaba comunicando

​16 de ​octubre de 2019

​​Fue a principios de junio de este año.

Con pocos días de diferencia, vivimos en casa dos situaciones que me hicieron reflexionar:

​La de la pasta de dientes

​Era una mañana de escuela y, para variar, íbamos tarde. Además, antes de salir de casa yo tenía que enviar un correo electrónico urgente.

Ahí estaba yo ante el ordenador, cuando el chavalín se acerca muy enérgico y me tira el cepillo y la pasta de dientes encima de la mesa. Así, de cualquier manera.

Mi estresada reacción no se hizo esperar:

—¡¿Se puede saber qué estás haciendo?! ¡Lávate los dientes de una vez!
—Es que no puedo abrir el bote…
—Hombre, ¡pues dilo!

​La de no querer hacer pipí:

​Era fin de semana, acabábamos de ver una película y era bastante tarde. El mozo tenía que estar muy cansado.

Como era hora de meterse en la cama, Mr. H dijo al niño que hiciera pipí, se lavara los dientes y se pusiera el pijama.

Como respuesta recibió un:

—No.

Después de discutir un poco y darlo por imposible, durante diez minutos o más el niño estuvo sentado en la taza del wáter con cara de sentirse muy, pero que muy desgraciado.

Al final, fuimos a preguntarle qué diantres le pasaba.

—¡Jo, es que papá me ha dicho que haga pipí lo primero de todo y yo lo quiero hacer lo último! —dijo a punto de echarse a llorar.

​Cuando se dan estas situaciones con los niños, suelen caerles ciertos calificativos de forma inmediata:


  • ​Qué rebelde
  • ​Qué mandón 
  • ​Qué cuentista
  • ​Qué mimado
  • Qué caprichoso
  • ​Y seguro que se te ocurren algunos más.

​Sin embargo, al suceder esto en casa con tan poco tiempo de diferencia, tuve una revelación.


Espera, que lo pongo en grande que ​así impresiona más: 


“​Muchas veces, los peques tienen algo muy claro​ y actúan en consecuencia, pero no lo comunican. Pero no ​es una cuestión de rebeldía, tozudez, egoísmo o estupidez, sino ​que no son conscientes de que los demás no les podemos leer la mente.”

- ​Yo -

​Esto es algo que todos hemos tenido que aprender (y, aún así, los adultos a veces nos olvidamos de ello…).

El día del cepillo y la pasta de dientes, para mi hijo estaba muy claro que necesitaba ayuda. Yo lo interpreté como ganas de jugar en muy mal momento.

El día del pipí, para él se estaba cometiendo una injusticia.  Para nosotros era rebeldía fruto del cansancio.

En casa siempre hemos procurado ponernos en lugar del peque para intentar comprenderlo mejor. Esto era muy útil cuando era más pequeño y todavía no sabía hablar o expresarse bien, pero es fácil olvidarse de ello a medida que crecen y ya se comunican mucho mejor.

Las situaciones de la pasta de dientes y del pipí sucedieron cuando el mozo estaba a punto de cumplir siete años, y me sirvieron como recordatorio de que todavía está creciendo, que todavía está aprendiendo a comunicarse y, muy importante, aprendiendo que debe comunicarse.

Desde ese día procuro tenerlo presente. No siempre consigo aplicarlo ni siempre funciona pero, cuando el ​peque se cruza de manera un poco inexplicable, hablo con él para intentar averiguar el motivo. Y la verdad es que nos ha evitado algunos enfados y discusiones.

Para acabar, volveré a defender a los peques: ¿cómo pretendemos que nuestros churumbeles sepan que es importante comunicarse si a menudo los adultos somos incapaces de hacerlo y esperamos que los demás nos lean la mente?

Ahí lo dejo.


​Lectura recomendada: 

Cómo encender un dragón apagado

​Cómo encender un dragón apagado, de ​Didier Lévy y Fred Benaglia, ​un tierno álbum ilustrado sobre cómo animar a un amigo/a que tiene un mal día, para lector@s a partir de 4 años.